El rayo violeta – Por Maria Cristina Fernández

“La expectación intensa es una cosa espléndida. Ella siempre

produce manifestaciones.”

(del decreto VIII)

   Iban a pie cansado, buscando un lugar donde atenuar la interperie y resultó ser en un oscuro portal de bodega. Extienden la manta y echan encima sus huesos entumecidos. El aire trae olor a bosta de vaca y a pulpa de café. “Might I’m presence”, dice Eloy antes de cerrar los ojos. Ciro repite con él: “might I ‘m”, y se pregunta qué será de ellos en cuanto amanezca. Se duermen esperanzados con que un día todos serán ascendidos, hasta los campesinos más descreídos y los militares con sus pies herrados  como las bestias.

   Por la mañana es la bodeguera quien los despierta, asombrada ante unos mamarrachos trasnochados -exégesis de Ciro que lee en la gestualidad-. Reemprenden la marcha con los pequeños jolongos colgados de unos cuerpos pespunteados por el ayuno frecuente.

   – ¿Recuerdas el camino al Caburní?

   Ciro dice que sí recuerda, y la proyección de la cascada espumeando entre las rocas azules le devuelve el brillo a los ojos. Ciro es quien más ha venido, pero nunca en invierno. Ha venido cuando es tiempo de caminar bajo un cielo rasante de cotorras agitadas por el frenesí de alimentarse y procrear. Cuando la manigua es un manto de mariposas derramando sus colores amarillos y blancos a la lasitud del río. En ese río de aguas purísimas ha adormecido su cuerpo y lo ha alimentado con ñame del monte y camaroncitos hervidos sin sal. Ha trepado entre peñascos con la ligereza de un gato salvaje y ha bebido infusión de chamico o de artemisa, para comulgar con una naturaleza que es epílogo de paz. Ha tomado zumo de naranja agria para refrescar esos caminos que llevan a Potrerillo o Vega Grande. Pero nunca había estado acá en invierno, en espera de un destino que le hacía una reverencia cómplice.

   -Elohin de la pureza-. Le da un palmazo suave al mulato de ojos amortiguados por el mucho meditar. Del día anterior han guardado un turrón de maní que ahora parten en dos exactas mitades.

   -Sabe a miel-. En mucho tiempo Eloy no probará el dulzor que impregna algunas cosas.

   Desviándose de la cuesta principal, allí donde en primavera flamea el jacarandá, está el sendero que lleva a la casa del Fico, ese hombre ya entrado en años que en más de una ocasión les dio albergue, comida y conversación. La casona de madera, hendida en algunos flancos, toda abierta se airea al sol.

   La vieja Nora los recibe mortero en mano; está pilando el café del día. El Fico anda abajo, preparando la tierra para poner nuevos cangres. Mientras esperan, los invita a tomar café en jarritos manufacturados.

   El Fico llega afectuoso y Eloy pone sobre la mesa de cedro unas cajitas pequeñas.

   -Son las inyecciones.

   El viejo le da un nuevo abrazo. Se lamenta por los días en que apenas ha podido levantarse. A veces tiembla, sobre todo si hay algún percance. Cuando s ele escapa un animal o cuando la plaga de ratones le devora el boniato porque no han dejado un majá vivo por la zona. Ahora es el frío, que lo entumece.

   La visita es breve porque aún queda camino hasta el río. A la pregunta del Fico sobre el regreso, los dos se miran interrogándose y no hay respuesta. El hombre propone que fuera cuando fuera, se llegaran a recoger unas mazorcas de cacao que les va a preparar como presentes.

   -Sabrá dios qué cosa han dejado atrás -le comenta luego a la Nora porque los habaneros lo han dejado preocupado.

   Abre las cajitas y extrae un prospecto nada inteligible para un hombre que desconoce la nomenclatura prodigiosa de la ciencia.

   El Gran Silencio que Saint Germain nomina es un tamiz de sonidos expansores para trasmutar la carne en etereidad. Sonidos que acarician los racimos de helechos, allí donde se pueden hundir los pies y sentir la frescura total. Si Kutumi el amado veneciano, viera este verdor, estos pájaros que entonan corales para avivar la fe.

   Es el corazón del Caburní, dilatado en la amplia cascada, que lava los ojos cansados de tanto mundo por curar. El agua está helada; entrando en ella la anestesia es absoluta. Todo es verde en el Gran Silencio, aunque el sol no caliente lo suficiente.

   – ¿Estarás preparado, Ciro, cuando llegue la hora? Será un rayo de fuego mayor que cualquier cosa vista.

   A Ciro se le agrandan los ojos como si ya estuviese preparado para ver. Eloy continúa:

   -Tendrás que hacer los ritos que sabes y luego márchate. Todavía no es tu hora. Regresa a La Habana y háblale a la gente. Que no se dispersen. El ayán estará en tus manos y en las de los maestros. Esto que te digo es inspirado, créeme.

   Salen del agua y se dividen un mazo de berro silvestre. Para Eloy es grato recordar ese sabor picante que tantas veces lo excitó. Se sientan como dos penitentes en una piedra solitaria y recitan un decreto a la amada rosa de la luz, que protege el cuerpo mental y emocional contra todas las sugestiones humanas…

   -Ciro, ¿hace cuántos días que no me levanto? Tengo los pies pesados y fríos. ¿Ves algo sobre mí, algo así como una luz blanca sobre el plexo? ¿Sientes que te hablo con la voz o es sola una conversación mental? Ciro, recuerda que este es el templo del fuego violeta. Deberán venir en cada ciclo a purificarse. Aquí vive la amada amatista, la vigilante silenciosa de Cuba.

   Tragó en seco pues la saliva era poca, y continuó:

   -Tú sabes que la amatista cura la embriaguez y que el mundo está en la ebriedad. Hay que limpiar el aliento del mundo, devolverlo a su matriz de equilibrio. Tú has visto que este lugar donde pisamos es un cuarzo enorme. Sobre este cuarzo quiero esperar mi hora. ¿Estás escuchando, Ciro? Este es un saber antiguo. Yo estoy inspirado y estoy desencarnando. Cuando sea libre y ascendido, seguiré inspirándote e inspirando al ayán.

   Ciro le levantó los pies del suelo. La insuficiencia de las vísceras agigantaba la carne en torno a los tobillos, donde la rosa magenta parecía respirar. Le corrió la manta lo más al borde que pudo para ocultarla de su vista. La debilidad y el frío procuraban un vaho aquietador para alejarlos del trance del dolor. Ciro hizo un pequeño fuego lo mejor que pudo. Fuera de la ruta casi nada estaba seco. Rasgó una sábana y la fue cediendo en tiras a las llamas. El resplandor iluminaba el perfil de Eloy. Era el perfil de un santo que yacía rendido.

   Ciro tiene la piel constantemente erizada; el sobrecogimiento se le vuelve epidérmico. En la garganta se interpone un guijo, como en las antiguas sesiones provocara la datura. Se empeña en avivar el fuego con cuanto cascajo encuentra alrededor; sólo trata de mantenerle el alma en el cuerpo a Elohin, porque él ya no va a dejar de temblar como una pomarrosa. En cuanto cediera el guijo, atravesaría el monte espeso. Vagar hasta que sus piernas quiebren mientras chupa un cundiamor o una fresa silvestre, retrasando el cierre de las cortinas del escenario del viaje. 

   Quita la envoltura de papel metálico a medio cirio y lo enciende con el fuego casi extinto. Cada vez las noches entran más rápido. Mira las cruces indicativas: dieciséis días metidos en la boca del infierno, esperando entrar y luego ascender.

   En la más cerrada tiniebla, Eloy retoma el discurso. No faltarían los ciclones. Ese año que entraría debían esperarse nuevas catástrofes. Con ayuda del fuego violeta se podía actuar sobre los vórtices de esas energías erróneamente cualificadas. Invocar a Saint Germain, Neptuno, Aries; se necesitaría legiones de ángeles sobre los mares de las Antillas. Una sola tempestad convertiría la isla en un acuario gigantesco. Ciro coincide en que el ayán impedirá las desgracias que promete la anarquía de los elementos.

   Por el ojo violáceo del fuego se desliza un radiante paisaje esmaltado en verde, salpicado de hortensias azules. En la visión irrumpe un venado de terciopelo que soba las flores con el hocico prieto y húmedo.  Una lluvia fina se deja resbalar, resfriando la escena. El venado estornuda y al hacerlo, las delicadas puchas se deshacen en pétalos. El soñador estornuda también. Se siente temblar con una virulencia que no puede aplacar, cuando está a punto de entrever un arcoíris en el lóbulo del cielo. Necesitaría la otra manta, pero con ella ha amortajado a Eloy.

   Por el olor que trae el are, sabe que está lloviendo. Que estará lloviendo por siempre, hasta que su cuerpo y la tierra sean un mismo lodo, un empaste homogéneo sin visiones ni palabras. Tierra, tierra ciega y muda, tal vez un día seca si el sol ayuda….

     Coger la jutía cimarrona es un acto que pena la ley. Lo mismo si pones trampas en lo intrincado del monte que si marchas con perros amaestrados sobre ella. Julián tuvo pichones en el patio, pero alguien lo denunció y la multa fue más grave que la falta.

   Fue Cuso el que encontró los cuerpos, y a pesar del pasmo dio unas voces alarmantes. Negrita le había traído un bulto entre los dientes que con certeza era pelo de hombre. Siguiéndola, se trepó hasta la gruta para presenciar un espectáculo macabro.

   Mientras los otros se encaraman, el muchacho examina con la vista las evidencias de hechicería en el lugar: el cuerpo oscuro custodiado por velas extintas, restos de algún ritual. Los demás, con igual pasmo, señalan la rosa tatuada en el pie del más prieto. Julián sabe que esto será un gran lío y pide al muchacho que dé el aviso. Si preguntan, les dirán que buscaban un animal huido.

   El tramo hasta la granja se le hace a Cuso más largo a causa de la llovizna. Muy a pesar, no pasa nadie a quien poder aflojar la noticia que se le atora en la garganta. Ni un excursionista perdido, ni un arriero en domingo. Va arrastrando la suela de su bota izquierda que puede desprenderse en cualquier zancada. Tiene que anunciarle a la autoridad que hay dos muertos allá abajo, bordeando el río.

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