Canicas – Por Francisco García González

Jorge y yo éramos pobres. 

Todos los niños que conocía eran pobres. En la escuela.  En los otros barrios. Todo estaba lleno de niños pobres. 

Los adultos también eran pobres. 

Estábamos de vacaciones. 

Desperté una mañana. Había estado soñando dinosaurios. Los había visto en una película hacía poco. Unos bichos horribles que se querían comer a mi abuela. Desperté aterrado en medio de la madrugada. Sabía que si llamaba a mi madre no vendría. No sé qué tiempo estuve mirándolos moverse por las manchas de las goteras. 

Me levanté y fui a buscar a Jorge. 

Toqué la puerta y nadie me abrió. Me senté en el portal a esperar que saliera. 

Los viejos pasaban, escupían en la acera. 

Las mujeres caminaban apuradas. 

Al rato salió Jorge. 

En su casa no había nadie, sus hermanos se habían ido a trabajar y su madre estaba haciendo mandados.

—Te voy a enseñar un secreto —dijo.

Metió la mitad de su cuerpo debajo de su cama y sacó un tambor de juguete. 

Nos sentamos en el suelo.

Jorge puso el tambor entre los dos. 

—Cógele el peso.

Lo levanté. Era un tabor mediano.

—Cómo pesa. ¿Qué tiene adentro?

Me quitó el tambor, lo volvió a poner en el suelo, metió la mano en el agujero que había en la piel y sacó un puñado de bolas. 

—Tengo novecientas bolas. Cuando llegue a mil las voy a vender —explicó en el tono en que hablaban los adultos—. Estoy reuniendo pa´ comprarme un par de botines. 

Meneó el tambor. Las bolas sonaron apretadas. Vidrio contra vidrio. 

Jorge era pobre, pero era propietario de novecientas bolas y quería comprarse un par de botines. 

—Los botines visten cantidá —dije, aunque no me gustaban. Si hubiera tenido dinero me hubiera comprado una escopeta de perles o unas patas de rana y una careta. 

El hermano de Jorge tenía una escopeta de perles que no se la prestaba a nadie. 

—Con un pantalón campana —remató y yo le di la razón. 

Admiraba el hecho de que dispusiera de tantas bolas, cosa que yo no alcanzaría ni en diez años.

Odiaba jugar a las bolas. Cuando vinieran los juguetes quería comprarme un saxofón y juego de explorador, nada de bolas. 

—Quieres contarlas —preguntó.

—No, contar bolas es aburrido. 

—Te imaginas un tambor lleno de dinero. 

No me imaginaba un tambor lleno de dinero. 

—Me compraría dos pares de botines y llevaría a to’as las niñas de la cuadra a La´bana a tomar helados. 

Siempre envidiaba los deseos de Jorge.

—Ninguna de las niñas que conozco ha ido a La´bana a tomar helados —dije. 

Agitó el tambor. 

Las bolas sonaron como metidas dentro de una inmensa maraca. 

—Aquí la gente va a La´bana a los hospitales y ya —dijo y metió la mano dentro del tambor y sacó otra vez un puñado de bolas. 

—Leí en una Bohemia que a las bolas le dicen canicas en Argentina y Uruguay —le conté. 

Jorge río. 

—Canicas suena a una enfermedad.

También reí.

—Maricela tiene tremendas canicas —dije. 

— ¿Qué Maricela?

—La tetona de sexto B, pa´mí canica suena a tetas grandes. 

—Tremendo par de canicas —repitió Jorge. 

A los dos nos gustaba Maricela. Que fuera mayor que nosotros y que tuviera las tetas grandes nos fascinaba. 

A veces le escribía cartas en las últimas hojas de las libretas, aunque nunca se las daba. El primer sentimiento que me provocaban las niñas lindas era temor. Me parecían demasiado perfectas y no sabía por qué, pero les temía. 

—Dime cuántas pajas te has bota´o a cuenta de las canicas de Maricela. 

Lo de las canicas había pegado. 

—Ninguna —mentí.

—Ni yo tampoco.

Reímos.

Antes de guardar el tambor Jorge sacó veintidós bolas. Once para cada uno. Diez bolas más un tiro. Mi tiro parecía tener un animal embalsamado dentro. 

Era una linda y resplandeciente bola.   

Jorge se metió sus bolas en el bolsillo. 

—Vámonos pa´l Hueco a jugar.

Jorge me estaba invitando a ir a otro barrio a jugar bolas. 

Era lo último que esperaba de él.

—Sabes que no soy bueno. 

—No seas gallina, no eres tan malo ná, lo que pasa es no te pones pa´l juego y por eso pierdes. 

Prefería quedarme en casa de alguno de los vecinos que tenía televisor viendo la programación de verano. Pero el hecho de haberme llamado gallina hizo que no insistiera. Nada era más importante que demostrarle que no era ningún gallina. Además, su invitación y su confianza para ayudarlo a llegar a las mil bolas me tocaron el amor propio. Y qué es un niño sin amor propio: un chama sufrido. Lo que nadie desea ser cuando no ha crecido. 

—Si pierdes no tienes que devolverme ná.

—Está bien, me voy a poner pa´l juego.

  —Eso sí, el tiro no se juega. Me da mala suerte perder los tiros y ese me cuadra con cojones.

—El tiro no entra. 

—Seguro, engancha ahí —dijo y nos enganchamos los dedos índices en señal de que era un juramento que no podía romperse.

Un pacto de caballeros. Me alegraba porque, por alguna razón Jorge que era mi opuesto, prefería mi amistad.  

Nos fuimos a la cocina y vi como Jorge desayunaba. 

Mojaba el pan en un vaso de café. Era asqueroso. Luego se comió un plátano y salimos.

Jorge ni tomaba leche ni se lavaba los dientes.

Salimos por el patio, bordeamos los cañaverales y enfilamos hacia El Hueco. 

Los dos íbamos descalzos. 

Caminábamos y hacía calor. 

No corría aire. 

Las espigas de las cañas estaban quietas. 

Llegamos a El Hueco.

En una de las cuadras que moría en el patio de la escuela, los niños jugaban a las bolas. En parejas o en tríos. 

Se acercaron dos. 

—¿Quieren jugar con nosotros? —nos preguntó un negro que también andaba en short y descalzo.

—Dale —dijo Jorge y se fue con el otro.

El negro y yo nos quedamos frente a frente. 

Conocíamos al retador, jugaba la tercera base en el equipo municipal de su categoría. Su cuerpo era fibroso y tenía las tetillas hinchadas. 

—Escoge al quimbe pela´o o al quimbe y cuarta —propuso.

Miré sus manos grandes, más que las mías y las de Jorge, y así y todo preferí el quimbe y cuarta. 

—Enséñame tu tiro.

Miré a Jorge que había comenzado a jugar cerca de nosotros.

Sentí un miedo atroz de darle el tiro y que se quedara con él o echara a correr. 

Intenté disimular que estaba relajado y se lo puse en la mano. Le dio vueltas, se lo acercó al ojo. 

Mi corazón empezó a latir sin control. 

Justo en el momento en que pensé echaría a correr, me devolvió la bola sagrada. 

— ¿Te la juegas también?

—No, el tiro no. 

Aceptó y lanzó al aire una moneda de cinco centavos. 

Pedí escudo.

El negro retiró su mano y vi la estrella solitaria encima de su palma. 

Puse mi tiro en la distancia convenida y el negro tiró el suyo, una bola blanca con betas de colores, y pasó muy cerca del mío. 

En el juego del quimbe y cuarta si no le das a la bola enemiga, debes quedar lo suficientemente cerca de ella como para extender la palma de la mano y tocar ambas bolas con la punta del dedo gordo y cualquiera de los otros cuatro. 

Su tiro quedó como a dos metros. Medí bien y lancé el mío. Resultado: mi mano tocó ambas bolas con los dedos extendidos. 

El negro chifló y me lanzó una bola descascarada como pago. 

En lugar de reclamarle una en mejor estado, me la guardé en el bolsillo.  

Me tocó tirar, lo hice, fallé, el negro también falló y en mi segundo disparo volví a ganar. Miré a Jorge, pero este estaba demasiado concentrado en su juego. 

Esta vez mi rival me pagó con una bola de metal. 

Lo miré.

—Esa bola me la gané jugando, ¿qué tú quieres? 

“Quiero que me des una bola de verdá y no esta mierda”, me dije y en lugar de abrir la boca me guardé el boliche de metal como había hecho con la anterior.

Después comencé a perder. 

Una a una las bolas que hasta hacía un rato estaban guardadas dentro del tambor. 

Intenté buscar apoyo en Jorge que seguía metido en su juego. 

Ahora jugaba con otro. Noté su abultado bolsillo y no tuve dudas: estaba en racha.

Igual que mi contrincante. 

Busqué concentración y nada. El negro siempre me arrollaba. En una de las veces en que su tiro hizo impacto en el mío, le devolví el boliche de metal. 

Empezó a reírse. Su risa era una mueca desagradable, burlona.  

Luego arrojó el boliche lejos, hacia el patio vacío de la escuela. 

Regresamos al juego. Para ese momento había perdido toda mi concentración. Mentalmente me consolaba pensando en que el negro y yo éramos karatecas enzarzados en un duelo en el que le llevaba ventaja, una increíble ventaja. 

Eso era en el combate imaginario a vida o muerte. 

En el duelo verdadero continuaba perdiendo.

Aún así volví a ganar en dos ocasiones. 

La segunda vez mi rival me volvió a dar otra bola martillada.  

Esta vez protesté y el negro me encaró. 

—Me sale de los cojones —dijo y comprendí que hacía rato había medido mi cobardía. 

Me alegré de que Jorge no escuchara de tan metido que estaba en lo suyo.

En mi duelo imaginario lo derribé de una patada en el mentón. 

Seguimos jugando. 

El sol se levantó aún más. 

La calle nos quemaba los pies. Los niños se castigaban bajo el sol. 

La mañana parecía animada. 

Las bolas pasaban de un bolsillo a otro. 

Jorge seguía en racha. 

Nada más me quedaba una bola. 

Le tocó el turno al negro. En mi otro duelo ahora le zurraba el lomo con una vara de majagua. La sangre comenzaba a brotarle. Tomó puntería, echó su cuerpo hacia adelante y mi tiro recibió el impacto de su bola. 

—Dame lo mío —dijo y le pagué con mi última bola.

Sus dientes eran blancos y recios.

Seguía dándole varazos en la espalda.

—Juégate el tiro. 

—No, el tiro no se juega.

—Entonces pídele más bolas al que vino contigo.

En ese instante sentí un gran odio hacia el negro.

—Ya casi me tengo que ir —mentí. Su espalda era un amasijo, la saña con la que lo golpeaba no paraba en mi mente. 

Jorge jugaba al hoyo y al vernos vino hacia nosotros.

—¿Quieres jugar al hoyo conmigo? —le preguntó y el negro meneó la cabeza. 

La calidad de Jorge como jugador era bastante conocida en El Hueco.

—No, me paso, pero ven mañana pa´que tú veas —dijo disimulando su temor y desapareció con mis bolas en sus bolsillos y la espalda ensangrentada. 

El negro había escrito su nombre en la lista de los que algún día me las pagarían.  

—No te jugaste el tiro ¿verdá? 

Le enseñé el tiro y me senté en el contén de la acera a ver a Jorge jugar.

Volví a patear al negro. Esta vez en medio de su cuello. La sangre brotó de su boca, se tambaleó y cayó de bruces. Siempre quedaba ese tipo de consuelo. Ese y el de su nombre en mi lista.

—Dime Ruso, ¿qué volaita?

Junto a mí en el contén estaba sentado Secundino.  

Secundino era dos años mayor y ya exhibía sus dientes cariados. 

—Aquí, esperando a Jorge.

—Yo no juego a las bolas, eso es cosa de fiñes. 

Le di la razón. El de las bolas era un juego estúpido. 

—Lo mío es jugar pelota y ver películas. 

Esto último me sorprendió, jamás había visto a Secundino en las matinés, ni siquiera para ver las de Ichi, el samurái ciego, que tanto nos gustaban.

Quise saber qué clase de películas veía. 

—De acción, de carne y hueso —dijo con un dejo de misterio y picardía, como si en lugar de un niño con los dientes arruinados se tratara de un adulto experimentado. 

—Ya sé, de pistoleros y tiroteo. 

Secundino se echó a reír. 

—Si tengo suerte ahora mismo me voy a echar una. 

Seguí sin comprender, aunque sus palabras tenían un dejo de tentación.  

—Si quieres saber hazme la media. A lo mejor tenemos suerte, mi cine es aquí cerquita. 

—¿Tu cine?

Le dije a Jorge que si demoraba no me esperara, luego iría por su casa. 

Siguió jugando.

Nos fuimos. 

Secundino y yo. 

Llegamos a unas casas cuya parte trasera daban a una nave de tractores abandonada. Ninguno de los dos había hablado durante el camino. 

—Ahí vive Tirso el cojo —dijo señalando a uno de los patios.

—¿Y?

—Tenemos que cruzar el patio sin que nadie nos vea y tú vas a ver. 

Atravesamos la nave. 

El patio de Tirso estaba desierto, lleno de trastos y basura bajo las matas de aguacate. Tampoco había nadie en los otros patios, solo tendederas de ropa. 

Cruzamos la cerca. Tirso era un cojo alcohólico que ni tenía perros ni criaba gallinas.

Secundino iba delante.    

Avanzamos sigilosos. Llegamos hasta la parte trasera de la casa.

Secundino se acercó a la ventana cerrada y puso su ojo en una rendija. Vi su nuez de Adam bajar y subir, sus manos se aferraron al borde de la ventana. 

Me pegué a su espalda ansioso, sin tener aún idea de lo que sucedía adentro. Solamente el hecho de estar haciendo algo prohibido disparaba mi excitación. 

De pronto Secundino se separó de la ventana. 

—Vete, mejor no mires —dijo en un susurro. 

Lo separé de la pared. Intentó impedírmelo sin éxito. Puse mi ojo en la ranura. 

Tirso estaba echado desnudo encima del catre, su pierna poliomielítica estaba tan tiesa como su pene. 

En la mano tenía un cinturón doblado. 

Cerca del catre, en la semioscuridad del cuarto, había una mujer desnuda de espaldas. Pude ver su lomo y su culo blancos. 

— ¡Baila muñequita! ¡Baila muñequita! 

La mujer empezó a menarse con torpeza. Miré bien, reconocí sus gestos. 

Secundino me apartó de la ventana de un tirón.

—¿Qué viste?

Quise volver a mirar.

—¡Baila muñequita! —otra vez la voz de Tirso.

—No tienes que volver a mirar. Es ella… 

Entonces escuché el trallazo y seguido su grito.

Salí corriendo, volé la cerca. 

Secundino venía detrás. 

Solo oía mi respiración sofocada. 

Me alcanzó dentro de la nave.    

—Ruso… yo no sabía ná asere, te lo juro por mi pura. Por casa de Tirso pasa medio pueblo, hasta tipos casa´os y tó. 

—No se lo puedes decir a nadie.

—Coño, Ruso no me digas eso, yo  no soy un mierda, yo soy un hombre. 

No confiaba en él, podía imaginármelo haciéndole el cuento a todo el mundo: adivina quién estaba metí ‘a con Tirso en su cuarto. Quise asegurarme de su silencio. Saqué el tiro y se lo di. Secundino no jugaba bolas, pero tenía hermanos pequeños. 

—Te lo regalo si me juras que no se lo vas a decir a nadie. 

Cerró su mano con la bola dentro. 

—Está bien, Ruso.

—Engancha. 

Nos enganchamos los dedos índices. El juramento y todo eso. 

Regresé adonde estaba Jorge. Me senté en el contén de la acera. 

Jorge seguía en racha. 

No quería irme a casa, ni después del juego ni nunca. Era muy triste. Pensé en cómo le iba a explicar a Jorge lo del tiro y la ruptura del juramento sin contarle la verdad. Luego me miré los pies sucios, las pequeñas heridas por donde, según los adultos y los libros de texto, le entraban los gusanos al cuerpo.  

Montreal. Septiembre 2016.
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