El Gemelo Interior – Por Ernesto Enrique Hernández


Para Sabina.

Todos juntos en una hora especial,
convirtiendo el vulgar café de la esquina
en el barco fantasma o el trirreme
que, con la proa incendiada, hace más 
de cien años que continua su travessia
José Lezama Lima

En algún momento de mi juventud decidí, de una hora para otra, que debía irme de mi país. Salir de mi casa, apartarme de mi familia. No sabía qué iba a buscar, pero al menos emprendía un viaje. Necesitaba algo que desconocía. Tal vez fuera sólo tomarme un helado, contemplando la plaza de alguna ciudad lejana, sin preocuparme por más nada.

No me demoré en lograrlo, algo trabajó para que mi viaje se hiciera posible mucho antes de lo que pensaba. Cuando fui a ver, estaba viviendo en una gran ciudad, sí, muy lejos de mi casa. Una ciudad que era casi un sinónimo de belleza. Más antigua de lo que podía calcular, intrincada, deslumbrante. Una ciudad donde la belleza parecía haber sido inventada, construida por todas partes, a cualquier costo, y allí se había quedado a vivir, sin importarle los siglos.

De repente mi vida se volvió inimaginable, un sueño que nunca tuve, y que a veces, como cualquier sueño, podía transformarse en pesadilla. Vivía en una zozobra permanente, yendo de casa en casa, durmiendo por pocas noches en el sofá de gente apenas conocida, hasta encontrar el próximo lugar provisional.

Poco a poco iba creando mi imagen de la ciudad.  Viviendo alejada de su riqueza y su esplendor, que me parecían inalcanzables, le arrancaba lo poco que me daba, y lo devoraba con lujuria.

Conocí a G en una fiesta, por alguien que nos presentó al acaso. Veníamos del mismo país, la misma ciudad, e incluso descubrimos, al conversar, que habíamos vivido en el mismo barrio, en la misma época. Pero éramos completos desconocidos.

Simpatizamos desde el primer coctel que compartimos, a sorbos, en aquella fiesta, tan llena que era imposible llegar al bar. Eran tiempos en que yo bebía a toda prisa, de todo y en cualquier lugar, con tal de que el efecto del alcohol me permitiera beber más alcohol, hasta no sentir literalmente nada, quedarme flotando en una anestesia. Primero eufórica y después profundamente triste.

Salimos amigos de aquella fiesta, del brazo. Él, maduro y firme, yo joven y borracha. Su voz y su risa me confortaban, lo veía como un hermano mayor o el padre permisivo y alegre que nunca tuve.

Que fuera homosexual, algo que noté desde la primera mirada, me dejaba a gusto para andar con él por la madrugada de la ciudad, siempre algo peligrosa. No había tenido suerte con otras compañías masculinas, hasta entonces.

Nos convertimos en mutuos guardianes, cuando las borracheras o los ambientes complicados exigían que uno de los dos se mantuviera alerta.

Después fui sabiendo que este hombre culto, brillante, osado en todos sus talentos, había agotado su juventud en mi país, tratando de realizar cosas que creía importantes o necesarias.

Como tantos, se había ahogado en la mediocridad, chocado contra el autoritarismo y la mojigatería de un sistema que se resistía a reconocer sus fallas, la estrechez de sus medidas. Un sistema donde no estaba planificado que cupiera, entre otras cosas, la belleza.

En poco tiempo fuimos descubriendo gustos comunes, preferencias de una coincidencia insólita, que afirmaban nuestra complicidad en miles de detalles. Con el tiempo creo que íbamos exagerando, haciéndolos más escabrosos, desafiándonos por pura diversión en las elecciones más improbables. Cultivábamos el mismo deleite por objetos raros, colores inusuales, materiales y texturas fuera de moda, cosas de épocas muertas.

Esto nos colocaba, o así queríamos creerlo, en un sofisticado círculo de apreciadores de la belleza. Belleza oculta o evidente, pero siempre saboreada con deslumbramiento.

Definir qué era bello acabaría por apagar la sorpresa de descubrir la belleza. Sabíamos que la belleza era la antítesis, el reverso de lo feo, algo que se hacía por igual difícil de definir. Pero nada de esto discutíamos o teorizábamos. Nuestro juego con la belleza era capturarla en su fugacidad, apenas vislumbrarla, como las imágenes que vemos entre los vagones de un tren que pasa.

La visita a la feria de antigüedades y cachivaches de la ciudad era uno de nuestros encantos. Una excursión casi semanal que emprendíamos con puntualidad y ceremonia, para acabar en carcajadas, y claro, encontrar un pretexto para beber y conversar.

No comprábamos nada la mayoría de las veces, pero nos regalábamos el placer de contemplar la absurda convivencia de los objetos, algunos indescifrables, arcaicos, rotos, inservibles en todo menos en su peculiar belleza.

Íbamos siempre del brazo como siameses, una exigencia de mi miopía, que se agravó con los años. Andando de mesa en mesa, nos inclinábamos sobre promiscuos acúmulos de chucherías, descubriendo pedazos de belleza escondida.

Nos sentíamos arqueólogos, pescadores de perlas, cazadores de tesoros. Manoseábamos la belleza, la palpábamos. Era real, existía.

Estas correrías eran un alivio, cuando pensaba que estaría para siempre lejos de casa, y de la ciudad en que había nacido. Allí donde, bajo camadas de desidia, la belleza había sido metódicamente demolida, abandonada para podrirse y disolverse como un pedazo de periódico bajo la lluvia, como una flor de cementerio.

El clima de la ciudad a veces nos confinaba por muchos días. El tedio de las ocupaciones, más disciplinadas las suyas, más anárquicas las mías, también nos separaban, a G y a mí.

Lo visitaba en lo que él llamaba su estudio, una buhardilla donde organizaba verdaderos desfiles de modelos masculinos, en sesiones de fotografías que no siempre, sospechaba yo, tenían objetivo profesional.

Una tarde llegué sin avisar, y G estaba en medio de una de aquellas sesiones, en compañía de un hombre negro, bellísimo, una escultura viva.

Con total naturalidad G le pidió por favor que, a pesar del frío, tuviera la gentileza de quitarse la ropa, para ver cómo la luz funcionaba en su piel. Usó una frase semejante, como era habitual en él, entre inocente y rebuscada.

En segundos, el joven negro estaba totalmente desnudo, en pie sobre una cajuela de fotógrafo, ensayando una pose de escultura griega, o africana, en este caso.

G y yo intercambiamos una mirada, mientras él ajustaba la cámara. Discretamente me alejé del recinto, y sólo percibí los destellos del flash desde la cocina, mientras me servía un café.

A los pocos minutos entró G, con expresión agitada y un brillo en los ojos que ya me era familiar. Me dijo, es bello, absolutamente bello, pero hay algo en él que no me convence.

Mi respuesta pareció salir de la taza de café. Algo la pronunció por mí, con la voz de una pitonisa. Lo sé, le dije, es su gemelo interior. Los ojos de G se abrieron, como por una revelación que no dejaba de ser una decepción. ¡Eso! ¡Exactamente, su gemelo interior!

Ese tipo de diálogos, que después solíamos recordar divertidos, nos conectaban aún más. Los repetíamos caminando en la calle, contemplando el herraje de un balcón o un banco sinuoso, cubierto de pedazos de cerámica pulida, donde dormía un mendigo, envuelto en un horrible hedor de orine.

Compartíamos la proximidad de lo bello y lo atroz, de lo obvio y lo indescifrable.

En uno de esos paseos nos detuvimos frente a un muro del barrio antiguo, en el que estaba escrito, en una placa de alto relieve, un poema. En aquella época yo apenas comenzaba a estudiar con seriedad el idioma local, y sólo con mucho esfuerzo lograba leer algo de poesía.

G leyó el poema entero, siguiendo con el dedo las líneas en lo alto del muro. Palabra por palabra escuché absorta aquel poema, que más que leído parecía entonado, cantado, en aquella lengua que aún hoy me resulta extraña.

Al final él se quedó callado, y le pregunté qué decía el poema. Me respondió, no lo entendí del todo, pero tampoco hace falta, es bello, bello. Sin dudas lo era.

Con él fui descubriendo o convenciéndome de algo que ya intuía. Dentro de cada gran ciudad hay otras ciudades. No sólo delimitadas por barrios, murallas, calles y plazas. Hay ciudades secretas que no están hechas de piedra o cal. Están hechas de permanencias, de intenciones, de sueños, de utopías que el tiempo parece ir apagando y después descubre, trae a la luz de quien mira con algo más de atención. Fantasmas de la belleza que rondan para siempre.

En nuestro último encuentro, o al menos el último que recuerdo, ambos estábamos tristes, desasosegados. Él abatido por alguna gripe, obsequio de la estación fría. Yo irritada por algo que olvidé, tal vez una discusión banal que me impulsó a salir de casa, ahora que tenía una casa, un marido y hasta una hija.

Ninguno de los dos tenía carro, ni recuerdo adonde íbamos. Envueltos en bufandas y gorros, subimos a un autobús donde parecía viajar toda la fealdad del mundo. Gente que exhibía toda la escala humana de la vulgaridad.

Incluso los vidrios del autobús, empañados y sucios, parecían ocultar cualquier belleza que la ciudad quisiera entregarnos al pasar.

G entonces declaró, es el fin, se acabó, no hay más belleza. No sé si se refería a aquella travesía precaria, o al universo, en general. Yo asentí, aceptando por fin que la belleza podía desaparecer, era perecible como cualquier ciudad, como cualquier ser vivo.

El autobús avanzaba despacio, en un viaje que ahora se nos hacía eterno, y de repente, G me sacudió por el brazo. ¡Mira qué oreja, qué belleza de oreja! Una oreja blanca, perfecta, hecha como de mármol vivo, viajando en aquel autobús horrendo.

La belleza no había desaparecido.

Enrique Hernández Pascual.
Rio de Janeiro, mayo, 2021.

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