Epístola a José Luis Ferrer (de La Habana a Miami) – Por Jorge Luis Arcos

Nostalgia de los lugares que no fueron
bastante amados en la hora pasajera
Rainer Maria Rilke

Jose, ya los espejos no devuelven el rostro con una rápida aquiescencia

Ya las ventanas no se abren con naturalidad

Ni recojo caracoles en cajitas de nieve

Ni un amigo tiene que gritar una noche: Vade retro, Satanás





Algo mina, roe, pervierte muy adentro la lucidez

Uno sale a la calle y hay una extraña calma

como una sordidez tranquila, indiferente

Y uno no puede pensar que aquí ocurrió la infancia

ni que para llegar a esta linde se apuró la adolescencia con esa extraña mezcla de

displicencia y ansiedad

Y la memoria se afana por comprender tanta sucesión de hechos

incomprensibles

tantas despedidas y tantos amaneceres y tanta destronada libertad

Quedan algunos restos, es cierto, pero

como desvaídas escenas de películas viejas o postales antiguas

Uno regresa a los lugares amados

esperando encontrar al menos las ruinas de una reminiscencia

pero el paisaje no habla, no escucha

no reconoce a sus antiguos náufragos





Casi todos los amigos se han marchado a otra parte

Otros sin duda han muerto

o desaparecido en un marasmo indescifrable

Ya te lo decía antes: la diáspora como la muerte interrumpe la conversación





Es como si uno viviera dentro de sucesivos filmes de actores secundarios

(pero siempre con el mismo director)

Y como ya el tiempo comienza a cobrar sus honorarios

el ron no sabe igual o más bien hace daño

Como también hace daño mirar a las muchachas en flor

¡Ah la intolerable lozanía de la juventud!





Somos como tártaros, beduinos, gitanos,

es decir, bárbaros, mendigos de lo imposible

(¡ah la escuela del resentimiento!)

figuraciones en el polvo, espejismos

anhelante materia perecedera

y algo como postergada roña o patética hilaridad prevalece en nuestras conversaciones





Y el futuro… Pero ¿a quién le acaece el futuro?

¿A quienes fuimos, a quienes somos ahora o a esos extraños habitantes de una comarca

desconocida?





A cada rato me sobrevienen como ráfagas de sin sentido

o acaso un exceso de sentido o vahídos de irrealidad

¿Cuál es la diferencia?

Y entonces, mi amigo, en esos momentos angustiosos

mas también exultantes

uno siente que nada nos puede salvar

Debe ser como los instantes anteriores a la muerte

o como su exacta premonición

Afuera ciertamente el sol es el mismo sol

solo que acaso un poco menos rotundo, menos brillante

Es como dice Enrique Saínz, que el mar tenía antes un color más vigoroso

¿Será el cumplimiento del principio de la entropía?

(La realidad propende al caos)

Y cada movimiento, cada mínimo gesto crea más desorden en el Universo

Nada, que la creación se torna más chambona, más áspera

(destartalo, rebumbio, como diría Lorenzo, el potaje de la existencia

o su cabaret, como diría una joven poeta)

o se apresta lenta pero inexorablemente a otro de esos ciclos cósmicos de muerte y

resurrección

Porque si somos polvo, materia de estrellas desaparecidas

algún día seremos Aldebarán, árboles, animales o amantes en extinción

¿O será que uno ha entrado al tiempo de la caducidad, de las melancólicas postrimerías?

¿O será esta realidad la que se despide de nosotros

como la última mirada de los animales en extinción?

Aunque en realidad todos somos animales en extinción

Y toda realidad es mirada en su hora pasajera

¿Se podrá decir como Lezama: voy hacia mi perdón?

¿Se puede volver a nacer dentro de la vida?

Esa ha sido mi cantinela solitaria





Pero ¿y lo ya perdido, lo estropeado o lo roto

o lo que no supimos retener

o lo que pasó sin darnos cuenta a nuestro lado

como esos deslumbrantes cometas que ya no volveremos a ver?

¿O es que no se puede perder lo ya perdido?





Ah, mi amigo, y del cuerpo ¿para qué hablar?

Solo el alma sufre a veces como unos extraños destellos de reconciliación

como esas cenizas que levemente se encienden

como un rayito verde en el horizonte

para enseguida apagarse

¿para toda la eternidad?

Este tono algo elocuente es la melancolía de la creación o la morriña del conocimiento

(la noche en el pensamiento y en el corazón la tarde)

Algo que a veces se entrevé en la mirada anhelante de ciertos animales

en los paisajes absortos, en la fronda desesperada de los árboles

pero sobre todo en los ojos de esas criaturas errantes y extrañas, perecederas y eternas

putrefactas y espléndidas

¡Ah, dioses castaños de manos delicadas y cabelleras suicidas!

¡Ah, el nadir, el nadir, el reverso oscuro y silencioso

el légamo, el caldero cósmico, el punto reminiscente!





Pero no nos excedamos con efusiones líricas

que ya sabemos que el sentimiento es nuestro lujo y nuestro calvario

nuestra inocencia y nuestra perversidad





Entonces, por ejemplo, ¿qué vamos a hacer con nuestra isla?

Porque ni está en subasta ni en las manos de Dios

Y en todo caso no hay una sino muchas islas

como dicen que hay muchos universos paralelos

como barrios contiguos pero indiferentes. Algo así





Ah, mi amigo, yo sé que te hablo desde el desconocimiento de los ojos de un niño

Sólo tengo hijos nonatos (sólo escribo poemas)

Pero como dice Enriquito: nacimos para ser hijos

Mientras tanto, yo continúo con mis arabescos mentales, con mis humaredas

nocherniegas

buscando en el mapa de un cuerpo, en la cartografía de un alma

una provincia de serenidad, una comarca de dulce olvido, una isla de deleitosa

caducidad

haciendo la ronda de Zequeira

(alánimo, alánimo, la fuente se rompió)

con mis fantasmas hamletianos, mis payasos del alma y mis dementes y perversas

ofelias

Y el consejo del indio Jerónimo, que no se me olvidará:

Acere, la pelea es dura pero hay que echarla





Y como le pedía Darío a Madame Lugones:

no me olvides, amigo

Un transparente abrazo para ti, para Edilia y para tu hija

Para Jorgito y para Griselda, también

Saluda a Guada y a José Kozer





La Habana, martes, 23 de abril, 2002
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