Mar muerto y otros poemas – Por Pedro Marqués de Armas





Un balbuceo 

En ese charco, tras ese muro

de agua sucia, en entusiasmo

glandular y ridículo, confundíamos

poesía y pobreza.

Más pobres que poetas, más perdidos

que pobres diablos. En teatro de vida.

Donde la historia había desertado

reciclada en materiales más

perecederos.

Por más que habláramos

condenados a la afasia:

un balbuceo inaudible

para la gentuza de palacio.





Después de muerto 

                                                  A Julio Ramos





En avícola granja de Isla de Pinos

donde por mal comportamiento

te destinaron –oh música mala–

las gallinas cacareaban tu nombre 

al amanecer

Oh Nicolás 

                         Oh Nicolás 

                                                    Oh Nicol

                                          hazzz

Y se quedaban tan panchas

Por eso te dio por quemar(las) 

con querosene del que engorda

el pico 

Te desquiciaron, sí, 

te demolieron, sin miramiento

–tramoyistas, simples asistentes,

gente de cine, en fin, los blanqui-

renegridos 

enfermeros de Mazorra

Solo el sol matérico picando duro, 

sonando seco sobre los del baile, 

cegando (a los deslumbrados

metalúrgicos)

redime un

tan

Aunque mirar(lo) 

de frente 

nadie pueda 

(La Rochefoucauld) 

Sol extensible de un cabo al otro

de la Rampa hasta Buey Arriba

hasta el Tao (sic) y la Liga 

contra la Ceguera

Sol portátil sobre los “umbracos”

en la ciudad invadida de café y paja

el año de la Gran Derrota

A la propaganda opusiste

la vieja publicidad, ironía y orgullo 

a destiempo con lo que se volvía

más que nunca

cuestión de Estado

Pero ya suena el cencerro 

y el punzón 

en la lápida

Que no hay sintaxis ¡no!

como no hubo sino un regreso

tardo al Moloch (de la Barba)

escoltado (aún) por la tonada boba

que casi lo deja 

lampiño

Captaste el movimiento del gentío: 

baile rápido para conjurar la milicia

y lento, para calar cuán enfermo

estamos

Eros así, jamás se bailó

Por si te quieres 

por el pico 

divertir





Ejecución 

En campo abierto. Por delante,

en el extremo inferior derecho,

un sacerdote. Y entre las tablas,

a lo lejos, unos pocos soldados

apostados.

Altura del armatoste: 2.10 metros.

Escalerilla con barandas: 8 escalones.

Atados de tronco, manos y pies: 5 reos.

Cada uno en su banquillo adosado a un saliente

del grosor de las patas del patíbulo.

Endosan ya las capuchas negras.

Detrás conversan el verdugo y su ayudante.

Tal vez intercambian instrucciones. Visten

de blanco y llevan sobreros de yarey.

El collarín esplende en los cuellos.

Se ve que irán de dos en dos,

de derecha a izquierda,

según se mire.

Debajo de la tarima, un barril y un perro.

Y encima el cielo, y picos

y barrancos.





Mar muerto

Acarreamos cadáveres chinos ya sine materia

más ópalo que espectros colgando

cabezas olvidadas en latas de pintura

ciegos a los que un rayo partía en dos

gemelos ahogados en las pocetas

beneméritos jueces fusilados

a toda carrera

Sin contar lechones vestidos de enfermeros

que burlaban el hinterland

(eran los nuevos inspectores)

Todo eso acarreamos: al bicho del tabaco

inoculando el pie atávico de la poesía

al guano del murciélago (cruza de oruga

y flor carnívora) y al aura (el aura

prometida) del subdesarrollo

planeando sobre el purísimo

mar muerto

Dialecto polaco

Íbamos Prado abajo

uno de esos años sin pulimento

había entrado un frente

ramas partidas

puercos en las calles

tanques de agua

alcantarillas

y hablábamos 

(por supuesto)

de literatura 

¿De qué íbamos a hablar?

No que no hubiera noche

ni bibliotecas semiluminadas

ni redacciones clandestinas 

ni (aún) aquí y allá 

dispersas bujías 

de entusiasmo

sino que ya no había cómo 

ni dónde: el hambre la alimenta 

aunque puede destruirla 

trocar ayuno en visiones 

(borrosas) en malas

metáforas

Te detuviste donde debías remontar

tu conversación sobre W. C. Williams

y la importancia de nuestras madres 

pisando el pedal de la locura

un dialecto polaco

mudez doméstica que 

al menos él

pudo traducir 

Yo seguí solo o de largo 

fantasma entre pedestales 

ciego con su carbón apagado

en busca de albúmina

que ya no puede mirarse 

en los charcos

ni detenerse a pensar 

sobre las ramas.





Señor en Faro

Embajador tal vez de una república africana:

todo un dignatario

Le traían el pescado a la mesa

para que escogiera

Echaba un vistazo (alífero)

y volvía el cuello

a su lugar

En esa su posición 

política

no miró a izquierdas

ni derechas

en tanto los parroquianos

engullían

Abstraído en el mantel a cuadros

blanco y carmesí

absorto

solo lo distrajo

el pez 

y aun así 

no se dignó

a mirar

Al menos no lo sorprendimos

Su deferencia era la de los cormoranes





El gol

El cura futbolista de Masats, sí vuela.

No como el soldado de Deineka

que parece atrapado; él sí para el balón

pese al lastre: la sotana de una España

todavía negra. Nunca voló tan ágil

un portero, ni echó balón fuera 

mano tan erizada.

En Deineka, es la promesa del Komsomol;

aquí la historia en pie de nieve,

y hasta hay un cierto desparpajo

en ese párroco, en pompa

de desarrollo. Su sombra casi agorera, 

mientras el otro es todo meta,

plan incumplido. Y, sin embargo,

nunca peligró tanto un vuelo. Es ahora

que va entrando el balón.





Estos poemas pertenecen a diferentes secciones del cuaderno inédito Carrer d’Hartzenbusch.

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